Este año fui invitada a participar como representante de APAER en una mesa de debate sobre “Inclusión social”. También participaron de la mesa
la Lic. Gabriela Micheti y el Presbítero Carlos A.
Caputto. Si bien, por la experiencia que tenemos
en APAER después de 27 años en contacto con los
maestros del interior de nuestro país, es mucho lo
que hubiera podido decir al respecto, decidí mejor
indagar en las ideas que tenían los docentes rurales sobre el tema, mediante una consulta general.
Me di cuenta de que ellos, en sus respuestas, no
hablaban de inclusión sino de exclusión que es lo
que viven a diario. Me pareció más justo y relevante transmitir lo que ellos mismos me contaron
sobre el tema, cómo perciben cotidianamente la
falta de oportunidades y el aislamiento. Transmito
sus voces, sus palabras, las que dan testimonio de
lo que ocurre realmente en la educación rural, en
el país profundo.
Helen V. de Corrientes me decía: “Quizás seas mi
voz en ese encuentro y tal vez sirva de algo lo que te
cuento...las maestras tenemos que hacer de asistentes sociales, de intermediarias entre las entidades
que ayudan y nuestros pequeños, de enfermeras,
de psicólogas, de cocineras, de porteros y como si fuera poco, tenemos que poner la cara y pedir
fiado a los comerciantes del pueblo para que nos
solventen con los alimentos a fin de brindarles
una taza de leche y un plato de comida a cada
chico, todo con $ 2,94 por día, para cada uno.
Después de haber trabajado duro y de tener 34
años computados de servicio, me siento ¡excluida, usada! pero aún sigo sosteniendo que vale la
pena el esfuerzo".“Hablar de inclusión suena como algo
tan lindo para los maestros rurales.... cuesta lle-
gar a creer que algún día se haga realidad ya que
siempre hemos estado excluidos y cada vez más...
Eva D. de Chaco dice que “Personalmente pienso que son de exclusión los lineamientos que se bajan a las escuelas rurales. Por el número de matrícula, no te- nemos acceso a las áreas especiales como educación física, educación artística y tecnología”.
Eva D. de Chaco dice que “Personalmente pienso que son de exclusión los lineamientos que se bajan a las escuelas rurales. Por el número de matrícula, no te- nemos acceso a las áreas especiales como educación física, educación artística y tecnología”.
“Nos sentimos discriminadas por el hecho de que sólo
nos consideran un número, cuentan con los dedos a
nuestros alumnos, no interesa la calidad sino la cantidad, es así que van cerrando cargos... Mientras haya
escuelas rurales hay esperanza de un mañana mejor.” Nos comenta Lidia T. de Santa Fe. Desde Entre Ríos, Alejandra B. nos cuenta: “Desde
nuestros padeceres sentimos la exclusión, no la inclusión. Por ejemplo, con la nueva Ley de Educación nos sacaron 7mo grado de las escuelas rurales con la promesa de crear alguna escuela satélite
que concentrara lo que sería, pero no fue, la EGB3.
Algunos alumnos, los que pueden, van a la ciudad
para continuar por sus propios medios. Pero otros,
aproximadamente el 50 % de los chicos, quedan
en el campo solo con 6to grado. La exclusión significa, también, no poder contar con profesores
del área estético expresiva, solo de música para
mi escuela. Pasa también porque tenemos una computadora, pero no tenemos internet, ni pre- supuesto para insumos, tinta, hojas o un profesor que nos enseñe. Tampoco tenemos material de lectura suficiente para los alumnos que frecuentan la biblioteca escolar...”
Estos son apenas algunos de los cientos de mensa- jes que recibí y algunas voces de las muchas que sufren día a día las condiciones inhóspitas de su trabajo, las oportunidades muy limitadas de sus alumnos, la lejanía y el desinterés. Sin embargo, los que vivimos de cerca esta realidad sabemos que la mayoría de los docentes no baja los brazos y confía en una futura transformación. Los maestros y maestras rurales siembran esperanza a pesar de las adversidades.
mi escuela. Pasa también porque tenemos una computadora, pero no tenemos internet, ni pre- supuesto para insumos, tinta, hojas o un profesor que nos enseñe. Tampoco tenemos material de lectura suficiente para los alumnos que frecuentan la biblioteca escolar...”
Estos son apenas algunos de los cientos de mensa- jes que recibí y algunas voces de las muchas que sufren día a día las condiciones inhóspitas de su trabajo, las oportunidades muy limitadas de sus alumnos, la lejanía y el desinterés. Sin embargo, los que vivimos de cerca esta realidad sabemos que la mayoría de los docentes no baja los brazos y confía en una futura transformación. Los maestros y maestras rurales siembran esperanza a pesar de las adversidades.

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